La impulsora de la Fundación Playa Azul incorporó los valores del servicio social y la solidaridad que han caracterizado su estilo de vida.
“Estoy muy contenta de haber sido la fundadora de las obras sociales en el Club, orgullosa de haber contribuido a cristalizar la creación de la Fundación, que hoy está evolucionando bajo la conducción de Giulietta Maio. Siempre he querido estar donde se está haciendo algo positivo por la sociedad, porque me gusta ayudar”. Carolina Filesari de Abdala fue la impulsora que la Fundación necesitaba para nacer formalmente en 1997, aunque mucho antes, en 1988, cuando compartía roles en la Junta Directiva que presidió el Dr. Arturo Pérez Benítez, ya tenía en mente ayudar a trabajadores del Club y comunidades de Naiguatá con necesidades. Para ello promovió la creación de la Comisión de Obras Sociales del Club, que fue la antesala de la Fundación.
Su carácter afable, su generosidad, su sensibilidad a flor de piel, su sonrisa, facilitaron su incursión benéfica. “Soy una promotora nata, me gusta ayudar a la gente. Esa vocación vino en mis genes. Mi madre era una persona muy generosa y aprendí de ella su espíritu de servicio. Fue fundadora de la Pía Unión de San Juan Bosco, asociación de damas cooperadoras Salesianas. Y yo vi en mi casa que siempre se ayudaba a las personas necesitadas. Mi padre llegó de Italia con su violoncello, y en Venezuela lo recibió mi tía que había venido a cantar ópera, y siendo músicos con un gran porvenir, se fueron a las montañas del estado Falcón, en Mirimire, un pueblo, pueblo, con casas muy humildes levantadas en bahareque. Allí mi padre comenzó a forjar su vida de la mano de los pobladores locales”.
También es una madre orgullosa de sus cuatro hijos: Carlos, Iván, Carolina Giovanna, y Humberto, quien vive en Estado Unidos, además de sus cuatro nietos varones. Todos están pendientes de ella, y la cuidan como su mayor tesoro. “Esta vocación de servicio se la he transmitido a mis cuatro hijos. Ellos me han visto actuando sin descanso en obras sociales y en organizaciones comunitarias. Además tienen el ejemplo que les dejó su padre, Humberto Abdala, quien además de entregarles todo su amor y apoyo, ejercía su profesión de odontólogo con un alto sentido de responsabilidad social. En su consultorio de La Guaira exoneraba a la mayoría de sus pacientes porque eran personas de escasos recursos”.
Estudió docencia, pero ejerció sólo un año. Después se casó y se dedicó de lleno al hogar y a cuidar sus hijos. Cuenta que en ese tiempo era extraño ver a una mujer casada en el mercado laboral. Muy joven sufrió el dolor de perder a su esposo, víctima de cáncer, quedando sola con la responsabilidad de sus cuatro pequeños hijos. Viajó a Inglaterra donde vivió cinco años con la idea de dar a sus hijos una sólida base educativa y el conocimiento de un idioma que les sería útil para toda la vida. Pero igual seguía atada a su país: porque las puertas de su hogar estaban siempre abiertas a los venezolanos radicados en Londres, especialmente estudiantes fascinados por sus exquisitos platos.
A su retorno a Venezuela se integró como socia al Club Puerto Azul, pero como ese Club es tan grande no tenía forma de controlar a sus muchachos; el más grande tenía apenas 10 años. Fue entonces cuanto su vecino en la Urbanización El Paraíso, José Luis Clavier, quien era Gerente de Playa Azul, la motivó para su ingreso al Club.
-Adquirí la acción a Carlos Antonio Punceles y luego me aceptaron como socia. Desde el primer momento adoré a Playa Azul, porque la gente es muy agradable, desde el personal, que es respetuoso y colaborador; los socios y la comunidad en general del Club: nos sentíamos agradados y seguros. Me pareció estar ingresando al paraíso. Playa Azul es un Club más pequeño, más cuidado, con una dirección orientada a garantizar buenos servicios a los socios que he apreciado en las diferentes Juntas Directivas.
-He sido muy feliz en Playa Azul. Los niños pequeños tienen su paraíso particular donde son bien cuidados porque en el Salón Corocoro además de diversión reciben formación. Esta es una maravilla que no he encontrado en otro lugar de la cantidad de países que he visitado. En Europa no hay un Playa Azul. Se reúnen familias amigas y comparten, pero no de manera institucionalizada, como Playa Azul, que es un Club completo, que tiene de todo. Le doy gracias a Dios haber permitido ingresar al Club con mis muchachos a nuestro regreso de Inglaterra.
-Además encontramos calor humano, afectos, que son invalorables. Y refuerza esta afirmación con un hecho que la emocionó: en el Club somos tres socias de edad avanzada que manejamos un carrito para ayudarnos a caminar. Estábamos las tres en amena charla cuando se acercó una joven de Administración para decirle a una de mis amigas que debía pasar por la oficina para cancelar unas cuotas. Aunque nos sorprendimos, porque no acostumbramos a estar morosas, la seguimos hasta la oficina, y estaba el personal con una linda torta para celebrar los 92 años de la mayor del grupo. Fue un gesto muy bonito.
A sus 86 años mantiene vivos los recuerdos de su vida, de sus obras, y sus sueños. Cuando quiere revivirlos se refugia en su amplia y bien dotada biblioteca que utiliza de despacho, donde su computadora contrasta con dos máquinas Underwood, que son verdaderas reliquias. En una de ellas fue donde aprendió a escribir, y allí la tiene muy bien conservada. Es increíble como guarda sus tesoros predilectos, recuerdos de los momentos estelares de su vida, de la familia, y por supuesto toda la historia de las obras sociales que llevó a cabo, cada carta recibida, cada comunicación enviada, además de cada detalle sobre los albores de la Fundación Playa Azul.
Compartió responsabilidades junto a un equipo de primera línea en la Junta Directiva 1988-1922, presidida por el Dr. Arturo Pérez Benítez, e integrada además por Francisco Pacheco, Gustavo Stolk, Federico Baquero, Eduardo José Dagnino, Raúl Maestre. “Todos eran distinguidos profesionales, entre ingenieros, arquitectos, economistas y administradores, que eligieron un área específica de atención, en materia de mantenimiento, obras de infraestructura, administración, y actividades sociales, para hacer más expedito el trabajo de la Junta Directiva. Yo elegí Obras Sociales.
-Observé que cada vez que algún trabajador tenía una necesidad las esposas de los socios se reunían para ir en su ayuda. Cuando formé parte de la Directiva, como responsable de las Obras Sociales, me propuse canalizar ese sentimiento de solidaridad y darle organicidad, con la idea de crear posteriormente la Fundación del Club, de manera de contar con un ente encargado de la atención de los casos presentados por los trabajadores. Me instalé en el área de la piscina con una mesa donde preguntaba a los socios si estaban de acuerdo con esta iniciativa. Recolecté firmas y aportes, y la respuesta fue de amplio apoyo con una manifiesta sensibilidad social. Aún conserva esas listas manuscritas con las firmas y aportes. La familia Diquez encabezaba esa acción solidaria.
-Con los primeros fondos obtenidos comenzamos a dar respuesta a las peticiones que nos formulaban desde las comunidades de Naiguatá y desde nuestro propio personal. Remodelamos el módulo de atención médica del Club, tarea que fue coordinada por el Dr. Gustavo Stolk. Recuerdo que ayudamos a una muchachita, nieta de un trabajador, que sufría una degeneración muscular que la mantenía postrada y le mandamos a hacer una silla especial para que la sostuviera.
-Realizamos muchas obras como iniciativas de acción social, porque la Fundación se registró después. Fui la impulsora de las obras sociales y la promotora de la Fundación junto a Josefina Velutini, y Ana Teresa Cifuentes. Atendiendo a las solicitudes que nos planteaban reparamos el techo a la Biblioteca de la Escuela Básica de Naiguatá y la dotamos de libros, juguetes didácticos y un ventilador de techo. Hicimos refacciones en otros centros educativos y en la Iglesia; establecimos becas para que un grupo de muchachas estudiaran oficios en Caracas; y para jóvenes que querían iniciarse en la carrera de hotelería y turismo; contribuimos con tratamientos médicos, becas alimentarias que se entregaba en víveres, becas de estudio para hijos de trabajadores del Club.
-Instalamos una biblioteca en el Club donde los empleados tenían su comedor y recolectamos libros. Recuerdo que Nelson Boccaranda nos regaló un cuadro de Simón Bolívar. En un principio logramos reunir entre los socios unos 400 libros, pero seguíamos pidiendo, especialmente textos escolares, para que los hijos de los empleados pudieran tener la oportunidad de cambiarlos por otros. Reformamos la casa-abasto del Club. Dotamos de medicinas al Hospital de Emergencia de Naiguatá. También ayudamos a un grupo de jóvenes a ingresar al Seminario San Pedro Apóstol. Funcionábamos como un Comité de Damas encabezado por la esposa del presidente, Mercedes de Pérez Benítez, cuya coordinación yo ejercía.
Cómo se formó la Fundación?
-En 1988 pasé un cuestionario donde se le consultó a la comunidad de socios su opinión acerca de la creación de la Fundación. Al haber mayoría aceptando la propuesta se iniciaron las obras sociales como Comisión antes del registro de la Fundación. El 19 de Agosto de 1997 la Fundación Playa Azul fue formalmente inscrita en el Ministerio de Justicia. Un grupo de entusiastas damas formaron parte de la primera directiva: Conchita de Diquez, presidenta; Josefina U. de Velutini, vicepresidente; Carolina F. de Abdalá, Secretaria; Ana Teresa de Cifuentes, Tesorera; Marieta Palacios, María Hulett de Capriles, Marisol Gallucci de García, vocales. Posteriormente, la Fundación fue dirigida por Claire de Salas, Magaly de Padrón y Luisa Elena Vegas. Claire de Salas ahora es presidenta honoraria. Es una gran persona, muy colaboradora, que si le dices que se necesitan 300 colchones, a los tres días están aquí.
-Estoy muy feliz de haber puesto la semilla que contribuyó a institucionalizar la responsabilidad social interna y externa del Club. Actualmente hay un enfoque bien definido para que las empresas y las organizaciones se comprometan socialmente con su entorno. Nosotros hicimos la tarea con bastante antelación.
¿Qué es lo más importante que ha hecho en su vida?
-Compartir mis fuerzas ayudando a los demás. Estuve en Asociación Venezolana de Padres y Amigos de Niños Excepcionales, AVEPANE. Y además, motivada por la defensa de los derechos de los vecinos, fui fundadora la Junta Directiva de la Asociación de Vecinos de Santa Paula, urbanización donde residí, y compartí roles directivos en la Asociación de Vecinos de Chuao. También participé en política, y cuando me correspondió integrar mesas electorales sabía que había que contar hasta el último voto, y a veces me quedaba hasta la madrugada cumpliendo la tarea como ciudadana responsable.
Pienso que en Playa Azul tenemos el deber de ayudar al pueblo de Naiguatá porque somos parte de esta comunidad. Los socios deben tener clara su responsabilidad social. Durante la vaguada del 1999 ¿quién se quedó en el Club?: fueron sus trabajadores los que custodiaron las instalaciones y enfrentaron la emergencia. Y cuando ocurrió la tragedia del deslave, en 2005, y yo estaba en el Club junto a otros socios, fueron los empleados los que nos ayudaron a salir del lodo y nos montaron en la fragata que dispuso la Armada para llevarnos hasta Maiquetía. Recuerdo esas dramáticas escenas, la lucha por sobrevivir, y la total entrega y solidaridad de nuestra gente. Somos una misma familia, de eso no hay duda, y todos debemos corresponder a esos afectos que nos unen.
Prensa y Comunicaciones Club Playa Azul