María Antonia Dias-Aidos Vidago de Ruiz es una de las socias que se ha ganado el cariño de la comunidad de Playa Azul, no sólo por su asistencia fija al Club, sino por su calificado rol directivo en las Juntas presididas por Leopoldo Molina y Luis Emilio Vegas, como profesional abierta a la comunicación, rigurosa, acostumbrada a la búsqueda de la excelencia. Su paso dejó huella en el clima organizacional. “Mi norte fue reorganizar el Club con el diseño de normas y procedimientos que se han ido aplicando en los últimos años”, expresa. La hemos visto recibiendo reconocimientos de los socios y de los empleados por la labor cumplida, y también expresando su gratitud hacia quienes le facilitaron sus tareas.
Nacida en Caracas, hija de padres portugueses, que vinieron en el año 1945, es la segunda de cuatro hermanos. Su hermano mayor es un excelente creativo y fotógrafo; luego viene ella que estudió Sociología en la UCAB; su hermana es Arquitecta de la USB, y su hermano menor es Ingeniero Electrónico de la USB. Nuestro padre –dice- que fue el primer Ingeniero Civil portugués que llegó al país ejerciendo su carrera en destacadas posiciones, veló por convertirnos en profesionales.
En 1962, cuando tenía 10 años viajamos a Portugal y estuvimos allí 7 años. Mis padres organizaron el viaje para darnos a conocer sus raíces, pero se sintieron casi extranjeros allá, sin arraigo. Mi madre cuando vino al país tenía 17 años y mi padre 30, y ambos habían vivido sus mejores años en Venezuela. Esta experiencia nos dejó como lección lo importante que es adoptar los valores positivos de una y otra cultura para realizar nuestras vidas. Eso es lo que hicimos: unimos las raíces portuguesas con nuestras vivencias venezolanas, y hemos sido muy felices.
-Hice mi bachillerato en Lisboa y a los 17 años ya tenía en mente estudiar Arquitectura, pero no tuve la oportunidad de hacerlo. Mi madre, María Leonor Vidago, comenzó a estudiar Psicología Social, y cuando regresamos a Venezuela la UCV estaba cerrada por problemas políticos y por eso ambas nos inscribimos en Sociología en la Universidad Católica Andrés Bello. Me preguntó que si habría algún problema en que estudiáramos juntas; le dije que no, pero que a partir de ese momento no la llamaría más mamá, sino Leonor. Fuimos un caso excepcional en las aulas. Somos muy afines en cuanto a gustos, con caracteres diferentes, pero tenemos la misma base de principios y de experiencias de vida, aun con los 25 años que nos separan. Fue una experiencia buenísima. Leonor que es una persona muy dinámica y especial disfrutó mucho junto a la gente joven. Fue una amiga más, y una excelente compañera.
María Antonia ha disfrutado al máximo cada etapa de su vida. Recientemente cumplió 33 años de feliz matrimonio con su esposo Armando Ruiz Guardia. Tenemos dos hijos bellísimos, Armando José de 28 años, Ingeniero de Producción de la USB, casado y que trabaja en Ginebra para una multinacional pronto será trasladado a México, y Alfonso Enrique, de 25 años, Licenciado en Computación, de la Universidad Nueva Esparta que trabajó durante su carrera en el Departamento de Computación y proyecta hacer una Maestría en Canadá. Ambos son nuestro gran orgullo.
Yo realmente soy una arquitecta frustrada; me gusta mucho el arte y el diseño. Fui también pintora en una etapa. Esa parte de creatividad la traduje en algo más curioso, que fue el diseño de joyas. Pasé 22 años con mi mamá diseñando joyas en un negocio que decidimos cerrar por los altos niveles de inseguridad.
Teníamos tres orfebres; realizamos varios diseños que luego presentábamos a nuestras clientes. Diseñamos primero piezas sencillas y después trabajamos el oro y la plata en finas orfebrerías. Comencé a investigar, hacer cursos para conocer su significado y familiarizarme con las piedras preciosas. Y cada vez que hacíamos una presentación entregábamos estos conocimientos de manera didáctica junto a Francois Weffer, experto en moda y asesor de imagen, que nos acompañaba en desfiles propios y benéficos. Fue una experiencia espectacular y ahora entiendo que esa parte de diseño, de creatividad, que no pude concretar en la arquitectura, la encontré en la orfebrería.
Ahora junto a mi esposo estoy enfocada en la asesoría financiera, orientando a individuos, familias y empresas a incrementar su patrimonio, diversificarlo, ahorrar para el futuro, preservarlo y transferirlo a los herederos designados, en jurisdicciones muy estables y protegidas. Representamos y trabajamos con empresas de primer orden mundial, de trayectoria inmaculada, con las cuales coordinamos nuestro trabajo. Es importante que la gente ahorre en moneda fuerte, pero aun es mas importante tener el dinero en jurisdicciones reconocidas no expuestas a vaivenes políticos, con ventajas sucesorales, impositivas, secreto bancario y con calificación financiera triple A, como en el Reino Unido y Suiza entre otras, donde pase lo que pase, el dinero y las inversiones estén garantizadas. Soy la mano derecha de mi esposo en su trabajo como Wealth Management Advisor, lo que me agrada, con un horario flexible que me permite realizar otras actividades.
¿Cuándo se incorpora al Club?
-Al regreso de Lisboa mis padres se hicieron socios de Playa Azul. Tenía 17 años cuando comencé a frecuentar el Club. A los 20 o 21 años iba en moto con Armando con nuestros cascos y la gente nos miraba como a seres de otro planeta. Nos casamos y viajábamos mucho dentro y fuera de Venezuela. Tuvimos apartamento en Río Chico, en Higuerote, una lancha en Morrocoy, lo que nos permitía alternar atractivos turísticos. Cuando nacieron nuestros hijos los acostumbramos también a la aventura, pero luego pensamos en elegir un lugar más accesible. Como nuestros padres comenzaron a bajar menos al Club nos hicimos asociados familiares, y posteriormente compramos la acción a mis padres y el apartamento. Mi papa Alfonso murió en Febrero de 2011, a la edad de 96 años a quien quise y admiré mucho. A la fecha había compartido con mi madre más de 66 años de felicidad.
-Mi esposo es un fanático de la playa; para él lo máximo es el contacto con la arena y el mar. Considero que somos parte del mobiliario de Playa Azul. Vamos todos los fines de semana, y cuando no lo hacemos es porque estamos viajando, o atendiendo un compromiso muy importante. Hemos logrado que nuestros amigos nos inviten sólo hasta el jueves porque saben que los viernes bajamos a Playa Azul. Nos encanta y lo pasamos muy bien. Para nosotros Playa Azul es un oasis. Al traspasar la puerta nos olvidamos de todo lo demás; alternamos con nuestros amigos, o nos quedamos en el apartamento, vemos películas y descansamos. Es un completo relax que no tiene precio. Por ello hay que mantenerlo y conservarlo.
-Playa Azul tiene una característica muy importante: la acción no es costosa, lo costoso es el mantenimiento. Otros clubes exigen para ingresar acciones muy onerosas. Ahora, hay personas que rematan su acción ya sea porque tienen un plan B, o porque quieren irse del país. Lo aconsejable es que el Club adquiera esas acciones para después venderlas de manera de mantener su valor.
Entre otras fortalezas del Club está el hecho que somos pocos socios -sólo 600- aunque tenemos 100 acciones en Tesorería; además de su ubicación privilegiada, su permanencia en el tiempo por más de 53 años, y un patrimonio conservado que físicamente no sufrió con la tragedia de Vargas. No obstante, lo hemos ido actualizando. Hoy nuestra entrada es muy diferente a lo que era antes; se advierte el cambio. Ahora estamos remodelando los baños. El Bar K se actualizó completamente, los techos y el mantenimiento en general son tareas que se realizan poco a poco para conservar el valor que tiene el Club. Es como en nuestra casa, la pintamos todos los años, la mantenemos en buenas condiciones, pero con el tiempo pasa a ser una casa antigua que obliga a remozar lo básico: los baños, la cocina, o a cambiar el piso para que luzca como nueva. Eso es lo que hay que hacer y seguir haciendo sin perder su diseño: ir actualizando el Club.
Experiencias gratificantes
Formó parte de la Junta Directiva presidida por Leopoldo Molina en un momento difícil. “Me correspondió buscar el entendimiento. Se habían pedido cuotas extraordinarias, en base a estimados, para financiar tres obras: los ascensores, los espigones y las tuberías de aguas servidas con Puerto Azul. Lo aconsejable era avanzar poco a poco, presentado cada proyecto, con sus respectivos cómputos métricos, cálculos, porcentajes por inflación, para aproximarnos al costo real, además de solicitar varios presupuestos. Leopoldo se comprometió a realizar las tres obras e invitó a la Junta a los grupos que mantenían posiciones encontradas. Comenzamos a trabajar aun sin conocernos en términos de trabajo y de responsabilidades. Me incorporé porque quería aportar a la organización, actualizar los procesos y procedimientos, para que la institución dejara de ser un ente manejado informalmente para convertirse en una estructura organizacional donde cada unidad tuviera expresamente definidas sus responsabilidades. Me empeñé en esa área, en buscar el personal que necesitamos. Mi norte fue el área organizacional del Club”.
-Es muy gratificante constituir un equipo de trabajo: los primeros dos años nos fuimos descubriendo los unos a los otros en la forma de enfrentar cada situación. Instintivamente cada uno se iba dedicando a una determinada área. En cuanto a adoptar decisiones, si no estábamos todos de acuerdo nos dábamos el tiempo para reflexionar y llegar a acuerdos, o sencillamente sometíamos el tema a votación. Así funciona una organización. La verdad que estas experiencias directivas fueron muy gratificantes y las disfruté mucho tanto con Leopoldo como con Luís Emilio como presidentes. Eso sí hay que dedicarle tiempo y cariño. Es muy difícil complacer a todo el mundo. Lo importante es tener la conciencia tranquila porque estás dando lo mejor con todo el cariño, convencida en que estas haciendo lo correcto. Así, hay que seguir adelante. Esa es la única forma, y esto es válido para el país también.
Su Mensaje para el 2012
-Mi mensaje es que todos debemos contribuir a conservar el Club como una tacita de oro, en todos los sentidos, desde ayudar a nuestra Fundación aportando tiempo, colaborando económicamente, hasta respaldar a la Junta Directiva, que es un voluntariado al servicio del Club, aportando ideas o sus contactos. Hay muchísimas formas de ayudar. Hay muchos proyectos factibles de poner en práctica, mientras que otros más costosos se pueden considerar a futuro, pero lo importante es comunicárselo a quienes dirigen la institución. La gente tiene la tendencia a hablar, criticar, comentar, y murmurar, sin involucrarse. Los mejores vigilantes de esta organización son los usuarios, los que deben decir si algo no funciona, o si han sido muy bien atendidos porque también se trata de motivar a nuestro personal. Debe haber un permanente feedback, y sobre todo más participación donde cada uno ponga más de su parte.
Cristina Pradenas
Prensa y Comunicaciones